Para la Tierra, fue sólo una puntada. El pasado 26 de diciembre, a las 7:59 a.m., una parte de la corteza submarina terrestre se encaramó abruptamente sobre otra cerca de la isla de Sumatra. Para un planeta en el que las masas de tierra están en constante movimiento, el evento no fue un momento importante. Pero para la gente una catástrofe monumental había comenzado, no sólo el terremoto más grande en 40 años; también el movimiento de miles de millones de toneladas de agua, desatando una serie de olas gigantescas: un tsunami.
El número de muertos y desaparecidos se estima ahora en 232 mil. Y aunque esto incluye víctimas de una docena de naciones, más de dos tercios cerca de 169 mil eran de un solo lugar, la provincia indonesa de Aceh. Y de la cifra fatal de Aceh, más de la mitad cerca de 90 mil vinieron de una sola ciudad, Banda Aceh, y sus alrededores más cercanos. Esta capital provincial era un lugar de grandes edificios gubernamentales, dos importantes universidades, una mezquita histórica, tiendas y restaurantes, una bahía y una flota de pesca. Se ubica en el rincón noroeste de Sumatra, donde las corrientes marinas que convergen desde la Península Malay, India, y de Arabia una vez sostuvieron un floreciente comercio de especias.
Banda Aceh fue inundada por el tsunami a 30 minutos del sismo. Casi un tercio de la ciudad fue arrasado. El resto eludió el horroroso alcance de la ola; pasaron horas antes de que algunos de sus residentes siquiera supieran que ése era algo diferente a un día soleado y sereno.
Dentro de una hora, casi todo lo que amaba Maisara, dueña de casa, sería barrido por el mar. Pero en los momentos previos al terremoto su preocupación era si ella era o no una madre demasiado complaciente. Tenía tres niñas brillantes y agradables, de 11, 9 y 3 años. La más chica estaba dormida, pero las mayores estaban una vez más bajo el hechizo de los dibujos animados del domingo en la mañana. A esa hora, ellas esperaban que les sirvieran desayuno frente a la televisión.
Maisara, de 33 años, había construido su vida en torno a su familia. "Mi casa es mi cielo", decía. Estaba casada con Muharram M. Nur, un periodista de diario con una reputación de integridad, un hombre que se negaba a intercambiar buena cobertura por dinero, una práctica conocida en Indonesia como "tomar el sobre". Maisara, ocho años más joven que Muharram, tenía 17 cuando se comprometieron. Había querido ir a la universidad pero falló en el examen de admisión. Muharram se aventuraría en el mundo; Maisara se quedaría en casa.
Por años, la pareja subsistió apenas. Muharram tomó trabajos extra, dándole las ganancias a su mujer. La mayoría de las mujeres de Aceh canjeaban su efectivo por oro, y Maisara escondía el suyo en una caja Tupperware en un armario del dormitorio. Para 1996 habían ahorrado lo suficiente para un pie por una casa de dos pisos, en un terreno al este de la ciudad en Lambada, donde cuadra tras cuadra nuevas casas estaban reemplazando los arrozales.
El terremoto no causó daños en su sólida casa. Pero justo calle abajo había una nueva cárcel. Muharram estaba en cama, resfriado, cuando comenzó el sismo, y un chico en una bicicleta llegó para informarle que las paredes de la prisión se habían caído. El reportero se imaginó que eso podría constituir su parte en la cobertura del terremoto. Tomó una libreta, un celular y su nueva cámara digital. "El papá va a salir un rato", les dijo a sus niñas antes de subirse a su minivan Suzuki. La familia nunca lo volvería a ver.
Ulfa, la de 9 años, quería ver los daños del terremoto en su vecindario. Caminó hasta la otra cuadra para explorar por cinco minutos, diez a lo más. Cuando volvió, estaba sobrepasada por el terror. "¡Mamá, mamá, el agua!", gritaba. Ulfa tomó de la mano a su hermana. "¡Corramos!", rogó.
Maisara asumió que venía una inundación, tal como la del año anterior. Su primer pensamiento fue sacar el dinero y el oro de la familia para guardarlo en un lugar seguro. Volvió a la casa, diciéndole a Anis, la niña de 3 años, que la esperara afuera, y prometiéndole que regresaría con un vaso de leche. Pero Ulfa, viendo a su madre vacilante, le gritó con pánico, "¡Mamá, olvida todo y corre!".
Había tal miedo en la cara de la niña que Maisara tomó a Anis en brazos y corrió hacia la salida. Siguió a sus hijas calle arriba. El camino ya estaba lleno de gente. Los autos se amontonaban. Frida y Ulfa eran mucho más rápidas que su madre y pronto se perdieron de vista. Para Maisara, rápidamente ahogada, era una odisea mantener sus pies en movimiento. Tenía sobrepeso. Sus sandalias cacheteaban torpemente el asfalto. Anis, agarrada a su cuello, era pesada para llevarla en brazos.
Maisara no miró atrás. Pudo escuchar un ruido extraño, cada vez más fuerte. Sólo Anis, mirando sobre el hombro de su madre, vio el agua entrando. "Mamá, ¿qué es eso?", la pequeña niña seguía gritando.
Donde Maisara vivía, las olas fueron precedidas por el agua inundando hasta la altura de la rodilla, estorbando sus piernas mientras corría. Con su hija en brazos, cayó hacia atrás y fue arrastrada hacia un arrozal cercano. Luego una gran ola las golpeó, separando fácilmente a madre e hija.
Maisara se desmoronó y dio vueltas, y cuando pudo salir a la superficie, agarró algo que se sentía como una extremidad humana. En la fotografía mental que se hizo en fracciones de segundo, había agarrado el tobillo de su hija. Como lo recordará para siempre, la expresión de Anis era de una serenidad innegable, la niña aún vestida con la ropa interior azul que usaba como pijama, usando un collar de oro que tenía inscrito su nombre.
Vino otra ola, y Maisara nuevamente fue arrastrada. El agua la lanzó en una ruta que terminó una milla al sureste de su casa. La excursión fue rápida, pero no suave.
Cuando el agua se calmó, avanzó hacia una gran viga que flotaba. Cuando envolvió sus brazos alrededor, pudo sentir un coco debajo. La viga estaba atrapada en la copa de una corta palmera. Ella se ancló al tronco y trató de recuperar la respiración. Estaba sin fuerzas y confundida. ¿Qué les había pasado a sus tres hijas? ¿Dónde estaba su marido? ¿Cómo los iba a encontrar?
Apenas se movió por unos pocos minutos, indiferente a lo que había a su alrededor. Luego una débil voz llamó su nombre. "Hermana Mai, ayuda". Tia, una de las hijas de su vecina, de 25 años, luchaba por mantenerse a flote. Maisara estiró una mano, pero el espacio entre ellas era demasiado grande. Por sus niñas, ella habría encontrado de alguna manera la fuerza para intentarlo más duro. Por su marido, habría arriesgado su vida. Pero por una vecina, por querida que fuera, la distancia era demasiado grande como para ir.
Maisara le dijo a la mujer: "Lo siento. No tengo la energía. Sólo reza". Y luego observó a Tia hundirse en la oscuridad y nunca más aparecer.
Los sobrevivientes, aferrados a árboles sólidos, elevaban oraciones. "Asyhadu an laa ilaaha illallahu" ("Juro que no hay otro Dios que Alá") Maisara, agarrada con las piernas de una palmera, se sintió bien al escuchar devociones que le eran familiares. Luego las oraciones repentinamente dieron lugar a exclamaciones de terror. "Air laut naik lagi!". Venía otra ola.
Ésta no era tan grande como las otras tres, pero se llevó a Maisara lejos, y ahí estaba de nuevo, golpeada, estrellándose contra las cosas. La tierra inundada a su alrededor aparecía tan primitiva que la dejó intrigada. ¿Dónde podría estar? Todo lo que podía pensar en hacer era gritar el nombre de su esposo: "¡Muharram! ¡Muharram!".
Al final, sintió un barro suave y caminó. El agua se mantenía a la altura de sus hombros. Los escombros bloqueaban su camino. Estaba fatigada. Luego vio a un hombre caminando. "Ayúdeme", le gritó.
El nombre del hombre era Sambiyo. Era un policía de la Brigada Mobile, una unidad especial entrenada para luchar contra la insurgencia de la GAM (el Movimiento Aceh Libre, que luchaba desde 1976 por la secesión de Aceh de Indonesia). Al principio, pensó que un fantasma podía estar tratando de atraerle al barro. Desde hacía una hora había estado recogiendo cuerpos, y la horrorosa misión tenía el efecto de una pesadilla. "Hermano, por favor ayúdeme", esta voz femenina seguía llamándole.
Sambiyo llevó a Maisara a la casa de un doctor que vivía al frente del cuartel policial. Era una pequeña casa blanca. En el techo había un jardín y una gran antena satelital. Varios otros sobrevivientes se habían quedado ahí, temiendo otra ola. Sambiyo prometió pasar a preguntar por Maisara en la mañana. Pero antes de irse, ella le rogó por un favor más, que fuera a la mezquita cercana y preguntara por los altoparlantes: "¿Ha visto alguien a Muharram M. Nur y sus hijas, Frida, de 11 años, Ulfa, de 9, y Anis, de 3.
Pero la mezquita no tenía electricidad para sus altoparlantes. No se podía hacer ningún anuncio. Maisara estaba desconsolada cuando lo supo. Era una mujer religiosa, y esto le pareció una maldición.
Durante los siguientes siete días hubo más terremotos: 18 el lunes, 5 el martes, 7 el miércoles, 7 el jueves, 9 el viernes. Cada sismo era seguido por un pánico renovado. Mucha gente sentía que Banda Aceh estaba condenada por una maldición que todavía estaba en curso.
Los muertos de la ciudad estaban dispersos en forma errática. El respeto por los cuerpos no era factible. Decenas de miles de cadáveres quedaron para el baile de las moscas y el perseverante interés de los perros hambrientos.
Tomaría tres meses recoger los cadáveres que estaban a la vista, y mucho más encontrar los restos evidentes no sólo por su hedor. Según conteos oficiales, 58.385 cuerpos están ahora enterrados en un campo junto al camino al aeropuerto.
Maisara había sufrido docenas de lesiones. Lo que más le dolía era la herida en su pierna izquierda y un corte a lo largo de su oreja derecha, donde un trozo de piel le colgaba tras el lóbulo. En el domingo del tsunami, su preocupación por su familia era tal que poco supo del dolor físico. Pero a la mañana siguiente, las heridas exigían su cuota de consideración.
Al final de la tarde, el cuñado de Maisara, Irfan, se enteró dónde estaba y llegó a la casa.
Irfan la llevó directamente a casa de su hermana, donde los suegros de Maisara se habían reunido en vigilia. Su llegada, aunque bienvenida, tuvo el efecto simultáneo de un fatal boletín de noticias. "No sé dónde están", les dijo respecto de su esposo y sus hijas. "Estoy sola".
Esa noche, ella se acostó en un colchón. Caminar era demasiado doloroso. Cuando necesitaba usar el baño, sus suegros tiraban del colchón hasta la puerta del baño. Aunque estaba exhausta, le era imposible dormir. Le dolía su rodilla. Le ardía su oreja. Pero lo que realmente hacía imposible el sueño eran las acongojadas preguntas percolando en la cabeza de una madre: ¿Están mis niñas en el agua? ¿Tienen frío? ¿Tienen hambre?
El mundo había visto el agitado oleaje de noticias. La mayor parte de los primeros videos habían sido de los puntos vacacionales de Tailandia. Los turistas tenían cámaras de video; hablaban inglés. En esos primeros días, menos se mencionaba sobre Aceh. Por años, la mayoría de los extranjeros habían sido impedidos de entrar a la provincia mientras el gobierno de Yakarta y los rebeldes de GAM seguían su guerra. El tsunami abrió esa puerta sellada. Dentro de la semana, trabajadores de ayuda desde el exterior comenzaron a llegar por cientos para asistir a los equipos de emergencia de Indonesia. Dentro de meses, más de 120 ONG comenzarían sus operaciones. Para la mayoría de ellos, el dinero no era un problema. La generosidad para con las víctimas del tsunami no tenía precedentes, "rompiendo todos los récords de donación voluntaria", según el Banco Mundial.
Durante esos primeros días después del desastre, había buenas razones para esperar que los seres queridos pudieran no estar muertos, sino simplemente difícil de localizar entre todo el caos. Incluso después de una semana, la esperanza no disminuyó necesariamente, pues había historias y más historias de reencuentros improbables.
Maisara mantuvo las esperanzas por la sobrevivencia de su familia por más tiempo que la mayoría. Mientras descansaba por 28 días en un hospital, siguió esperando la llegada de noticias alentadoras. Sólo meses más tarde la lógica comenzó a comerse su expectación. Muharram, su esposo, era un periodista ingenioso. Si estuviera vivo, concluyó ella, seguramente se habría comunicado con su familia.
Aún así siguió sintiéndose segura de que sus tres hijas estaban vivas. Lo sabía en su corazón, lo sentía en sus entrañas.
Muchas personas de Aceh con una educación religiosa como Maisara creían que la mayor parte de la vida estaba predestinada. Después de la concepción, un alma hacía un contrato con Dios, sin el cual el nacimiento era imposible. Asuntos como la ocupación o con quién se casaría se decidían entonces, como también el instante preciso de la muerte. Pero durante la vida, las personas igual tenían opciones. Sus actos podían ser buenos o malos, llevándolos al cielo o al infierno. De manera que el tsunami provocó preguntas molestas: ¿Había Alá salvado a los buenos y castigado a los malos? ¿O los buenos habían sido recompensados y los malos dejados en penitencia?
El significado del evento en sí mismo era menos confuso. La mayoría de la gente estaba de acuerdo en que Alá quería que el tsunami fuera una advertencia o un castigo. La causa era la depravación en Aceh. La corrupción política era inevitablemente mencionada. También la oferta de bebidas fuertes, y no sólo vino de hoja de banana. A las mujeres se les culpaba a menudo por ser imprudentes con su sexualidad. Aunque las muchachas usualmente se mantenían castas hasta el matrimonio, y aunque el adulterio era todavía extraño, muchas mujeres estaban usando ropa provocativa y a la moda. Se presumía que sus pensamientos eran impuros. Y luego estaban los pecados de "el conflicto" entre el Ejército y la GAM: asesinato, sabotaje, extorsión. A mediados de agosto las dos partes firmarían finalmente un acuerdo de paz, algo que muchos atribuyeron a la admonición del tsunami.
No muchas personas de Aceh habían viajado más allá de la provincia, pero la televisión los había transportado a otros lugares. Estaban al tanto de que los pecados que mencionaban ocurrían más comúnmente en cualquier otra parte. Pero Dios esperaba más de la gente de Aceh, insistían ellos. Por siglos, su cercanía a Alá había sido su don especial, y ahora, con el tsunami, su carga especial.
Maisara tiene un poco de dinero: cerca de 7 mil 500 dólares. Su casa, como la mayoría de las otras en la ciudad, no estaba asegurada. Pero su esposo tenía un seguro de vida por su trabajo.
Normalmente, yo la veía en el lugar donde ella arrendaba una pieza. Pero una tarde nos encontramos en la casa que Maisara solía considerar su "cielo". Algunas de las murallas aún están ahí, y parte del techo descansa en vigas que se han arqueado. Nos paramos ahí dentro del incompleto, en el espacio alguna vez edificado con ladrillos y cemento y voces. Ella pretende reconstruirlo. Sus recuerdos serán su herramienta.
Hay un letrero artesanal colgando de una cuerda en una columna quebrada. La letra no es suya. Maisara nunca deletrearía tan mal. El letrero fue hecho por otros, pero ella encuentra que el sentimiento es un paliativo para su tristeza imposible. Maisara finalmente ha aceptado la realidad de que sus tres niñas fueron apartadas de ella para siempre por el mar.
"Gracias, Alá", dicen las palabras. "El tsunami es un regalo que ha llevado a los que amamos al paraíso. Estamos felices de dejarlos ir. Aquellos que nos quedamos debemos hacer penitencia".
Al leer este reportaje se me vinieron todos aquellas imagenes y videos que pudimos apreciar el año pasado con motivo de este tsunami que afecto a mas de un millar de personas y que dejo mas de 200.000 mil muertos y desenas de desaparecidos que aún no han sido encontrados. Creo que aveces como en este caso leer un articulo sin imagenes es mucho mas conmovedor y nos lleva a pensar en el dolor ajeno, donde solo estamos a disposición de la naturaleza; es de esperar que en nuestro país no nos toque vivir una desgracia como esta.
Saludos y felicitaciones.
Claudia